España perderá dos tercios de su peso en el munod en 20 años.

España ostentó durante los últimos siete años el lustroso título de ser la octava economía del mundo. Fantaseó incluso, en 2007, con subir un peldaño más. Quizá todo fue un sueño y ahora toca despertarse. Brasil ocupa ya ese puesto que separa a las siete grandes potencias (EE.UU, China, Japón, Alemania, Reino Unido, Francia e Italia) del resto de mortales. India, ahora por delante de Rusia, acaba de superar también a la economía española, que ya está fuera del «top ten». Las previsiones no son, además, nada halagüeñas: en 2030, su peso en la riqueza mundial se reducirá al menos en dos tercios, colocándose a la altura de Filipinas y Malasia.
Y además no parece tener remedio. Primero, porque previsiblemente la economía española sufrirá un largo estancamiento. Y segundo, porque el mundo lleva un tiempo cambiando de rumbo. Los ricos (EE.UU., Europa occidental y Japón) ya no son los más ricos, y los pobres (China, Brasil e India, entre otros) empiezan a tomar el mando. La crisis global solo ha dado un acelerón a este proceso. En dos décadas, el gigante asiático ocupará el trono de Estados Unidos.
En ese mismo periodo, el peso de España en el Producto Interior Bruto mundial pasará del 3% actual al 1%. O lo que es lo mismo: si hoy aporta 1,54 billones de dólares al conjunto de la riqueza global —cifrada en 61 billones—, en 2030, cuando la producción mundial alcance los 138 billones, la contribución española será de 1,96 billones, según las estimaciones hechas por la consultora Goldman Sachs en su estudio «El patrimonio de los emergentes en dos décadas: un mundo cambiante».
«Es lo lógico, porque es prácticamente imposible que se repitan esos crecimientos de entre el 6% y el 8% que vivimos en los años 80 y 90», explica Andrew Hazell, portavoz de la consultora. Por aquel entonces, España se abría al mundo y crecía de forma sensacional, convergiendo con las economías avanzadas de su entorno. «Crecer ahora a un 2,5% ya sería todo un éxito», estima Hazell.
Nuestros socios europeos correrán similar suerte en 2030: Francia dejará de tener el 5% de la economía mundial y tendrá que conformarse con un 3% de la tarta; Italia pasará del 4% al 2%; Reino Unido del 4% al 3%, y Alemania, el motor de la UE, perderá tres puntos, pasando su participación en la riqueza global del 6% al 3%.
«A la Unión Europea le faltó pegada para sustituir a la URSS en aquel mundo bipolar cuando esta cayó, y en su lugar han surgido los países emergentes», dijo Pedro Solbes, ex vicepresidente del Gobierno español y ex ministro de Economía, en un reciente foro sobre gobernanza mundial celebrado en Madrid.
Las economías emergentes son las que ahora están experimentando el mismo «milagro» que España vivió en las últimas dos décadas. Crecen extraordinariamente y están ocupando el centro de gravedad de la economía mundial. A día de hoy, el Norte representa el 63% del PIB global. En 2030, será el 41%. El Sur, en cambio, aumentará su peso en la riqueza mundial del 37% al 59%, según el análisis de Goldman Sachs.
Países emergentes
Ese año, la riqueza mundial será de 138 billones de dólares. De ellos, Occidente habrá «fabricado» 56 billones, y 82 billones serán obra de los hoy llamados emergentes. Solo Brasil, Rusia, India y China aportarán unos 50 billones. China, que actualmente representa el 9% de la producción global, será en 2030 el 23% del total. Y Estados Unidos, hoy la primera potencia, pasará de tener el 24% al 17% del PIB mundial. «A lo largo de la historia, China siempre ha estado en el centro del universo; ahora solo estamos volviendo a la normalidad», dijo Ángel Gurría, secretario general de la OCDE.
Explicar qué han hecho los emergentes para llegar a esta situación es hablar de la receta contraria a la que aplicó el mundo desarrollado en los años de bonanza. En otras palabras, evitar los excesos. Y sortear esa costumbre tan humana de tropezar dos veces en la misma piedra.
Su gran crisis financiera tuvo lugar en 1997. Aprendieron la lección y desde 2003 vienen aplicando políticas monetarias y fiscales ortodoxas, haciendo un esfuerzo descomunal de ahorro. «Ahora tienen leyes de responsabilidad fiscal que sancionan a quien traspasa los límites de déficit fiscal, y eso no se hace en Europa. Los países emergentes están más disciplinados», explica Blanca Moreno-Dodson, economista senior del Banco Mundial.
No solo eso. Mejoraron mucho sus sistemas financieros y bolsas. Y el empuje definitivo lo dio la demografía. Primero, por contar con una población mucho menos envejecida y con una esperanza de vida en aumento. Y, segundo, porque en muchos países de Asia e Iberoamérica se está consolidando poco a poco una gran clase media, fruto de los avances sociales en educación, formación, sanidad, innovación y tecnología, infraestructuras y seguridad ciudadana.
«Son economías que están creciendo mucho más rápido, que son más emprendedoras y que en varios sentidos están dejando atrás a Europa y Estados Unidos», dice Moreno-Dodson, quien ve en ello un «reequilibrio de las fuerzas mundiales».
De hecho, tanto el G-20 como el FMI y la OCDE han puesto ya sobre la mesa la cuestión de cuánto peso deben tener ahora los emergentes en esos foros.

Oportunidad para el Norte decadente

Más cambios: si el 69% de la capitalización bursátil global tiene lugar hoy en el Norte, en 2030 el 55% se generará en el Sur. Por eso, lejos de ver este relevo en el orden económico mundial como una amenaza, los analistas advierten de que es una oportunidad para las economías desarrolladas y sus empresas. «El crecimiento de una parte del mundo siempre es positivo para los demás, y China está tirando del resto del mundo», señala Rafael Pampillón. Hay, en los países emergentes, sectores y campos muy interesantes para la inversión extranjera. «En el de las telecomunicaciones, Europa y EE.UU. seguirán siendo líderes, pero en el de la energía no tanto», explica Federico Steinberg. Goldman Sachs cifra en unos 21 billones de dólares, en su estimación más conservadora, los ingresos que podría hacer la banca occidental en estos mercados en las próximas dos décadas. Eso sí, los expertos hablan también de cierto riesgo. Por ejemplo, hacer un sobreesfuerzo inversor, creando una burbuja como la tecnológica de los años 90 y truncando la posibilidad de subirse al tren que hoy circula más rápido y lastrando además las esperanzas de estos países que quieren dejar de ser los últimos.

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